Crónicas Moduleras: un sábado conociendo familias
Escrito por Agustina Aguirre, Coordinadora de Relaciones Institucionales y voluntaria
El sábado pasado me sumé al equipo de Luján, en Florencio Varela. Me anoté en la página y me agregaron a un grupo con muchos voluntarios para coordinar la llegada al barrio.
Al llegar al punto de encuentro (un centro comunitario), nos reunimos todos: quienes habíamos ido en tren y en autos particulares.

Circulaba el mate y comidita rica en una hermosa mañana de sol otoñal, mientras las coordinadoras nos explicaban el trabajo del día: conocer familias por primera vez, relevar su situación social y sanitaria, y presentarles el proyecto de Módulo Sanitario para ver si querían comenzar el proceso para llegar a construir su baño.

Después de pasar por el baño y cargar los termos, nos dividimos en equipos de dos o tres personas. A cada grupo se le asignó un listado de familias, la ubicación de sus casas y encuestas en blanco. Todos contábamos con alguien con experiencia para acompañar (en este caso, yo).

Abandonamos el punto de encuentro y empezamos a caminar hacia la zona que nos tocaba censar, a pocas cuadras. En el camino, charlábamos con las chicas con las que me tocó ir: cómo habían llegado a Módulo, qué las había motivado a sumarse, qué hacían de sus vidas.
Cuando llegamos al punto marcado en Google Maps, comenzamos a recorrer casa por casa, preguntando qué familias no tenían baño y si aceptaban que pasáramos a censarlas. Así conocimos a Agustina y a Paula. Ambas nos recibieron en sus casas y respondieron a todas nuestras preguntas mientras nos compartían su historia.

Agustina es vendedora ambulante junto a su pareja. Todos los días viajan una hora y media hasta Capital a vender bolsas de residuos: “porque allá se vende, por acá ya no”. Para ir al baño, recorre los 12 metros de su terreno, sale a la vereda, camina otros 15 hasta la casa de su suegra, pide permiso y usa el baño. Así, varias veces al día. Para bañarse, cuando no hace frío, calienta agua en la pava eléctrica y usa una palangana. Los días de frío, no le queda más opción que visitar nuevamente a su suegra.
Terminamos de despejar las dudas de la encuesta y, por recomendación suya, cruzamos al terreno de enfrente para conocer a Paula.

Cuando se acercó a abrirnos, notamos que se agarraba la panza. Al empezar a hablar, nos contó que tiene cáncer de colon y caminar le genera dolor. Así que, acomodamos un espacio para poder charlar sentadas.
Nos mostró su terreno, su “baño” extremadamente precario, nos presentó a sus perros y nos hizo reír con el nombre de su marido: Paulo. Sí, Paula y Paulo. Paula vive con él y con su hija (biológicamente su nieta), de quien se hace cargo desde que nació. Su hija quedó embarazada a los 14 y no podía mantenerla. Hoy tienen vínculo, pero Paula ya la crió como hija.

Terminado el relevamiento que teníamos que hacer, y sin querer robarle más tiempo, nos fuimos riendo por las historias de sus cachorros y conmovidas por el cariño con el que los cuida. A Paula no le sobran recursos, todo lo contrario. Pero, se las rebusca para que a su hija y a sus perros (que mencionó como hijos), no les falte nada.
De vuelta, charlábamos sobre lo difícil que debe ser la vida cotidiana de Agustina y Paula: vivir sin baño, sin acceso a servicios básicos. Y como ambas nos contaron de adaptaciones que tuvieron que hacer en sus vidas, sin opción alguna. Agustina se mudó al barrio donde vive su suegra y, sin recursos para construirse un baño propio, no le queda otro que pedir prestado.
Paula tuvo que acomodarse a ser madre nuevamente al adoptar a su nieta. Tuvo que resignarse a no poder hacer el tratamiento de quimioterapia debido a los efectos que le provocaba la quimio la “anulaban” y no podía sostener su rutina diaria. Como un día encontró 4 cachorritos en la puerta de su terreno y hoy, son parte de su familia.
Caminábamos y charlábamos del poder de adaptación de estas mujeres; como si estuvieran a la merced de la vida sin posibilidades de tomar decisiones por su propio futuro. Y lo fuerte que debe ser recibir a voluntarios en tu casa que te proponen romper con el esquema de tu vida: que te animes a tomar las riendas, a proyectar un futuro mejor para la familia y a comprometerse con unos “extraños” que un día aparecieron en su casa. ¡Una locura!
Mientras caminábamos también destacamos la buena predisposición para abrirnos la puerta y compartirnos su historia con detalles.
Eso es algo que me sigue sorprendiendo: que las familias nos abran las puertas de sus casas sin conocernos y nos cuenten su intimidad, con la confianza absoluta y ciega de que estamos ahí para dar una mano.
De vuelta en el punto de encuentro terminamos de completar las encuestas, intentando que esa hoja pudiera reflejar, aunque sea en parte, a esas mujeres que habíamos conocido minutos antes y que sean fieles a sus relatos.
Mientras, las coordinadoras nos preparaban un sándwich para culminar la jornada, despedirnos y volver a casa.

Estuve apenas dos horas y media en el barrio, pero pensé en Paula y en Agustina toda la semana.
Me intriga saber cómo seguirá su proceso en Módulo, si se les asignará un baño, si llegarán a la construcción, cómo avanzará la enfermedad de Paula, si Agustina tendrá unos buenos días de ventas.
Me quedo con esto: haberme tomado el tiempo para frenar mi rutina y escuchar a alguien a quien pocos escuchan. Con la certeza de que ese encuentro deja algo para ambos lados.
Porque ahora las conozco. Y ellas nos conocen. Y ya eso cambia todo.