#PalabrasAbiertas por Lucía Harrington
Voluntaria de Módulo Sanitario
Un psicólogo que se llamaba Maslow decía que las personas tenemos una pirámide de necesidades y que sólo si satisfacemos un nivel podemos acceder a satisfacer el siguiente.
Por eso un niño que no come no puede aprender; o si tememos por nuestra vida no nos ponemos a hacer amigos.
Este señor sostenía que el último nivel era la autorrealización: seguir nuestros sueños, ser creativos, sentirnos plenos.
Otros psicólogos dijeron más tarde que había un nivel más alto: la contribución. Satisfacer una necesidad a través de hacer algo por el otro.
Estudio a estos psicólogos por placer y por interés. Por autorrealización, diría.
Y el fin de semana me fui a construir pensando en el nivel de privilegio que tengo. Mis necesidades están tan satisfechas que puedo irme al último nivel: a hacer algo por los demás. Ni hablar de que lo voy a hacer rodeada de amigos, en un ambiente de permanente alegría.
Cuando fui al barrio para empezar este proceso conocí a Agus que tenía dos hijos: Renata, de siete, y Milo con pocos días de nacido.
A lo largo de las visitas fui viendo crecer a Milo que invariablemente estaba a upa de su mamá. Charlando un día me dijo que el pediatra lo había puesto boca abajo durante la consulta y que cuando ella quiso hacerle upa porque lloraba desconsolado, el doctor le explicó que era necesario que mantuviera esa postura un rato cada día así fortalecía el cuello y los brazos.
Después de unas semanas le pregunté cómo le había ido y me dijo, orgullosa, que bien, que había hecho los ejercicios y que Milo ya sostenía la cabeza.
Agus contaba en todas las visitas los avances técnicos que habían hecho su papá y su marido: ya hicieron la cámara, ya sacaron los escombros, ya limpiaron el terreno.
Alguna vez le dije que igual lo más difícil lo estaba haciendo ella, maternando y criando.
“Sí” me dijo, “pero ellos no se dan cuenta de esas cosas. Piensan que sólo estoy todo el día en la casa y no hago nada”.
Llegó el fin de semana de construcción y fui como supervisora por primera vez, teniendo la oportunidad de visitar a todas las familias y vivir un pedacito de cada realidad.
Visitamos primero la casa de Agus.Nos contó lo contenta que estaba. Atrás suyo salió Renata que la noche anterior había preparado su ropa para “ayudar a los chicos” y con una bandana rosa agarró el pincel y empezó a trabajar antes que todos.
Durante la charla de presentación con los otros voluntarios Agus se enteró de que yo estaba embarazada, le susurró algo a su mamá, Carina, y se fue para adentro.
Salió a los minutos y me dijo “tomá. A mi nene no le quedaron nunca así que están sin estrenar” y me regaló las primeras zapatillas que recibió mi bebé.
La abracé un rato largo y mientras volvía al auto se me acerca Carina y me dice “ya hablé con Agustina. Vamos a juntar la ropita del nene que ya no le queda y te la vamos a alcanzar”
A la noche le escribí para agradecerle otra vez y otra vez su respuesta le ganó a todo lo que mi cabeza se podía imaginar. Me dijo: “gracias por recibirmelas”.
Gracias a mí por recibir de ella.
Al día siguiente fue el cumple de una de las voluntarias que construía en el terreno de Agus así que la familia le preparó, para sumar a la torta que llevó la cumpleañera, un alfajor con velita. Ellos también dieron.
Al momento de soplar, Renata le dijo a Maca que cerrara los ojos, que tenía una sorpresa. Cuando Maca los abrió, tenía enfrente una bolsa de papas fritas.



Caminando por Ricardo Rojas vimos peleas, vimos droga, vimos a un niño de ocho años en silla de ruedas porque hace más de un año quedó en el fuego cruzado de dos bandas.
Hablé de Maslow al principio porque cada vez que vuelvo a los barrios me acuerdo de la distancia que existe entre la teoría y la realidad. Escribimos, estudiamos y nos parece razonable que si una persona no tiene lo básico no va a poder acceder a lo complejo.
Pero entonces vas al barrio y Agus, que tiene 24 años y no tiene baño, está maternando como una leona, criando a conciencia y levantando los ojos para verme a mí embarazada y preocuparse de que mí hijo tenga zapatillas. Y siendo ejemplo para su hija que atrás de ella va y también prepara un regalo sorpresa para Maca; y siendo ejemplo para su hija que se levanta con una sonrisa a trabajar para construir su propio baños; y siendo un ejemplo para mí, que pienso que entiendo todo porque leí a Maslow y no entendí nada porque no había conocido a Agus.
Somos los expertos en dar. Qué privilegio, qué suerte poder hacerlo. Qué bendición que nuestra vida tan plena nos permita estos momentos de ayuda en acción.
Quizás nuestro próximo nivel en la pirámide sea recibir y dejarlos a ellos que nos den. Dejarlos a ellos que sean los poderosos que pueden cambiar nuestra vida y nuestra realidad.
Espero ser para mi hijo o hija una madre la mitad de valiente que Agus. Y cuando crezca le voy a contar con orgullo quién le regaló sus primeras zapatillas y cómo fuimos tan afortunados de encontrarnos con alguien que nos vio y nos dio.
